CELOSO DE BUENAS OBRAS

Mantonjpg

Por Thomas Manton (1620-1677)

Consideremos qué violentos y apasionados son los hombres carnales en los caminos del pecado ¿y servirán ellos a Satanás mejor que nosotros a Dios? Pensemos en que tenemos un dueño mejor, un trabajo mejor y mejor pago. El dueño de los hombres carnales es el diablo, su obra es la conducta más baja, puesto que son esclavos de sus propias lascivias, y la paga que reciben es la que merecen: Su recompensa es condenación eterna y separación de la presencia de Dios ¡Cuán activos son los hombres impíos en el reino de las tinieblas! ¡Qué celosos y dedicados son en lograr su propia ruina, como si no pudieran esperar a ser condenados…!

[Dios le ordena al profeta Jeremías que considere una visión]. “¿No ves lo que éstos hacen en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén? Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para provocarme a ira” (Jer. 7:17-18). ¡Cuánta actividad diligente vemos aquí para promover su adoración falsa! Padres, hijos, esposos y esposas, todos ponen sus manos al arado y encuentran algo que hacer para lograr su objetivo.

¿Dónde encontraríamos una familia así, tan trabajadora y celosa para realizar la obra de Dios? ¡Oh! ¿Cómo podemos observar semejante espectáculo sin avergonzarnos? ¿Cómo imaginarnos que la lujuria pueda tener más poder sobre ellos que el amor que Dios tiene por nosotros? Nosotros tenemos motivos más elevados y la ocupación más noble; nuestra obra es perfeccionar a la criatura para lo cual se practican las obras más insignes, de las maneras más nobles, nuestras recompensas son más excelentes y tenemos mayores ventajas y ayuda. ¿Se esforzarán más ellos por arruinar sus almas que nosotros por salvar las nuestras?

Hay un pasaje en la historia de la Iglesia que narra que cuando Pambus, [un santo de la Edad Media] vio una prostituta extravagantemente vestida, lloró, en parte, por ver lo mucho que se esforzó para su propia ruina eterna y, en parte, porque él mismo no había puesto tanto empeño por complacer a Cristo y vestir su alma para Cristo como la había hecho ella para complacer a su amante de ocasión. Los cristianos deberíamos, por lo menos, sonrojarnos cada vez que vemos tal clase de espectáculo. Cuando caminamos por la calle y en los comercios vemos a tantas personas trabajando arduamente por una ganancia temporal, deberíamos avergonzarnos de lo negligentes y descuidados que hemos sido en la obra de Dios.

Consideremos cómo nosotros mismos hemos sido apasionados y activos en los caminos del pecado: ¿Acaso no lo seremos aún más en los caminos de Dios? Muchos podríamos decir: “Cuando era malo y carnal, lo era de todo corazón y ¿seré menos ahora en un estado de gracia?”.

El Apóstol lo dice de esta manera interesante: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación” (Ro. 6:19). Notemos cómo el Apóstol lo presenta con un prefacio: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad”, es decir, el hombre con sentido común y buen juicio considera que debe ser tan diligente en superarse para alcanzar la altura de santificación y ser celoso de buenas obras, como lo fue para elevarse a la altura del pecado y ser celoso del infierno. ¿No debiéramos querer salvarnos como quisimos arruinarnos y condenarnos a nosotros mismos? Si nos apresurábamos a cometer perversidades como si ansiáramos ser condenados, ahora, por lógica, debiéramos ser tan celosos de Dios como lo fuimos de Satanás. Antes podíamos estar de juerga de día y de noche y ¿entonces, ahora no podemos pasar algunos días ayunando y orando? ¿Nos sentimos impacientes por cada hora que le dedicamos a Dios?…

Es justo que nos propongamos, hasta donde nos permitan nuestras fuerzas, ser tan activos y celosos de Dios, y crecer en gracia como lo éramos para incrementar nuestro pecado y culpabilidad. Antes, no nos rendíamos porque queríamos hacer el mayor mal posible; ser tan perversos que hubiera sido imposible serlo más. ¿Por qué no debiéramos ahora procurar crecer en la gracia? ¿Puede una conversión ser correcta cuando el pecado ocupa más de nuestros pensamientos que los que ocupa Dios?…

 

Tomado de Portavoz de Gracia, Numero 20 http://www.chapellibrary.org/files/3314/9460/4131/gworfgs.pdf

 

Tomado del Sermón 22 en “Sermons upon Titus 2:11-14” (Sermones basados en Tito 2:11-14) en The Complete Works of Thomas Manton (Las obras completas de Thomas Manton), Tomo 16, reimpreso por Maranatha Publications.

Anuncio publicitario