ABANDONAR LA IGLESIA : ABANDONAR LA FAMILIA

Sabemos que no hay nada nueva debajo del sol, y que, si somos juicios lectores de las Escrituras, no hay nada nuevo que las iglesias de hoy estemos viviendo, que ya otros antes de nosotros, de una u otra forma hayan vivido. Los personajes y las situaciones específicas pueden ser otras, pero al fin nada nuevo. Por este motivo damos gracias a Dios, pues la Biblia sigue siendo relevante para el cristiano de hoy, así como lo fue hace dos mil años.

Sin embargo, hoy se aprecia con más claridad un enorme defecto en las iglesias que se proclaman bíblicas y que se ha venido acentuando en la medida que las redes sociales avanzan sin ningún control en medio de las iglesias. Hoy día, el creyente que no ha puesto atención, se encuentra al frente de una sobreoferta de iglesias y ministerios, que en lugar de hacerlo más maduro y aparejarlo de discernimiento, le ha provisto de un espíritu altivo, donde él mismo puede elegir el tipo de iglesia (o ministerio) que más se ajuste a sus expectativas tornándose falto de contentamiento en su iglesia local. Tanto, que hoy día vemos un “trafico” de personas de aquí para allá, dejando sus iglesias, buscando los ministerios que, según ellos, sí son más sólidos, o en búsqueda de esa iglesia que no tenga tales o cuales problemas.

Aceptamos la legitimidad de llegar a abandonar una iglesia local bajo circunstancias específicas, generalmente irregulares. Sin duda que una iglesia sin evangelio, sin fundamento bíblico, que introduce doctrinas de error, cuyos lideres se han apartado del fundamento bíblico, cuyas prácticas y adoración son de sabiduría o conveniencia humana, donde en la práctica la Biblia ya no es suficiente, donde se permite y se justifique los pecados más convenientes, y otras cosas más, pueden ser causas que empujen a un individuo verdadero hijo de Dios a buscar otra iglesia. Sin embargo, el problema ha sido tal que las personas abandonan hoy sus iglesias bíblicas, pensando que ellos son el caso irregular, que su caso está completamente justificado, cuando no se dan cuenta que son precisamente parte del espíritu individualista y soberbio que cunde hoy por todos lados en millares de cristianos que deambulan de aquí para allá porque siempre el jardín del vecino se ve mejor que el propio.

Una perspectiva familiar ayuda

Quizás una perspectiva ayude a situar el problema y a la vez a proveernos de sabiduría. ¿Ha pensado en qué llevaría a un padre, una madre o a un hijo a abandonar su propia casa para buscarse otra familia? ¿Bajo qué consideraciones un individuo “renunciaría” a su familia para buscar otra que mejor se le adapte? Si bien, eso puede ser algo que va creciendo en “normalidad” en las familias del mundo, en la disfuncionalidad con la que sobreviven los que ignoran la voluntad de Dios, no se espera que, en una familia de principios cristianos, por ejemplo, una mujer tome sus maletas y se vaya a buscar un nuevo hogar, que un hijo “renuncie” a su apellido, para buscar uno mejor. Las familias conviven, aprenden, tropiezan, pero el vinculo sanguíneo y el afecto, hacen que solo en situaciones de demasiada irregularidad un miembro resulte yéndose. ¿Acaso la realidad de la familia de Dios, que es la iglesia, debe ser menor? Si bien generalmente no nos unen los lazos de pertenezco familiar, nos une el parentesco sanguíneo de la sangre de Jesucristo, nos unen realidades más altas, una fe, un bautismo, un pacto, una esperanza, un amor. Y ¿debemos ser más livianos en esta familia espiritual y eterna?

Un verdadero creyente jamás debería apresurarse a abandonar una iglesia bíblica, aun si nota en ellas asuntos defectuosos. No al menos, hasta haber agotado de manera piadosa, amorosa y paciente todo recurso, así mismo como haríamos con nuestra familia, más si su asunto puede y debe ser tratado en los límites bíblicos, en el contexto de una iglesia que reconoce la supremacía de las Escrituras, donde hay esperanza que el Señor sigan dando luz y trayendo reformas sobre ella, pues el Espíritu Santo seguirá obrando en ella, según su propósito.

La Confesión Bautista de fe de 1689 apunta en 26:13:

“Ningún miembro de iglesia, por alguna ofensa recibida, habiendo cumplido el deber requerido de él hacia la persona que le ha ofendido, debe perturbar el orden de la iglesia, o faltar a las reuniones de la iglesia o abstenerse de la participación de ninguna de las ordenanzas por tal ofensa de cualquier otro miembro, sino que debe esperar en Cristo mientras prosigan las actuaciones de la iglesia”.

Un círculo vicioso, un espiral hacia abajo

Considere que, si una persona abandona una iglesia bíblica por aquellos defectos que ve en ella, pensando en que al ir a otra iglesia no encontrará desperfectos, se engaña a sí misma y ha entrado en un círculo sin fin, pues encontrará que lo que en una iglesia es fuerte, en otras hay debilidad. Puede ser que en su “otra familia” no encuentre las cosas que lo hicieron abandonar su iglesia, pero sin duda encontrará que allí también hay deficiencias que se deben corregir, y ¿qué hará cuando una de esas deficiencias le presione? ¿Seguirá abandonando las iglesias unas tras otra hasta que encuentre una que se ajuste a su perspectiva? Considere que al ser plantado en una iglesia local soberanamente, porque «Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso» (1 Co.12:18), Él va a tratar nuestros corazones allí. Dios no se equivoca, y allí, el individuo va a experimentar lo que el Señor quiere adelantar en su corazón. Si se sale de ese taller para ir a otro, ¿no quedará sin el crecimiento que Dios estaba promoviendo justamente allí donde Él lo plantó?

Generalmente estas personas que abandonan sus iglesias bíblicas por sus defectos, lo que desean es justificar los propios. Esto es evidente porque jamás buscan una iglesia más fiel, más recta en sus principios, más clara en sus declaraciones, más escrupulosa en obediencia, sino la que se ajuste a su perspectiva y donde sus pecados queridos no sean tocados. Lamentamos que, en la oferta actual de iglesias y ministerios, encuentren ese tipo de iglesia donde no se les traten las debilidades que Dios estaba tratando en aquella donde Él los plantó. ¿Dónde va a parar un individuo así? Si el asunto que lo sacó de su familia fue un defecto que se podía y debía arreglar bíblicamente, ¿Dónde al final se va a establecer, crecer, madurar si todas las iglesias bíblicas tienen defectos?

El peligro de la destrucción

Lastimosamente hoy día cristianos no solo abandonan sus iglesias fieles, ya alterando el orden, sino que no en pocas ocasiones se van tras pleitos amargos, dejando atrás una estela de destrucción, división y dolor, porque salen de las iglesias de la forma más pecaminosa posible. Esto es, que al no quedar satisfechos según lo que ellos esperaban, retroceden su automóvil con furia y lo chocan contra la iglesia. Muchos individuos, antes de apartarse para la iglesia que hoy día ven como conveniente, lanzan tras su espalda una granada de fragmentación, porque si ellos no están tranquilos, nadie lo estará, si ellos están inconformes, todos sufrirán el daño. Piense en el miembro de la familia que no quiso seguir en su casa, pero antes de irse procura incendiarla. Ya abandonar una iglesia por defectos, errores o pecados que se pueden corregir, es malo, mucho más levantar su mano contra el cuerpo de Cristo. Estas personas no abandonan su iglesia con lágrimas porque fue su ultima opción, o porque finalmente el Señor les cerró todas las demás puertas. Sino que salen con furia respirando amenazas. No hubo edificación ni para ellos ni para la iglesia, y el arduo trabajo que significa edificar una iglesia, es inmisericordemente destrozado por aquellos que no aman a Sion más que todas las demás moradas de Israel. Por eso Dios es tan firme en decirnos qué hacer con los que causan este tipo de daño.

Justamente en el contexto de las divisiones que se presentaban en la iglesia de Corinto, divisiones y conversaciones vergonzosas, que ya eran en sí mismas un mal enorme, se le sumaba que personas buscaban la destrucción de ella. El Señor les advierte que quien con sus actos de división destruyan su iglesia, Dios mismo se encargará de destruirlos:

¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es. Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos. Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.  (1 Co 3:16–23).

Un individuo debería guardar mucha gratitud con una iglesia local que le ha servido, que lo acogió con misericordia y lo soportó con mucha paciencia a pesar de sus defectos. Quizás conoció al Señor allí, quizás fue edificado allí de maneras importantes, su familia fue estructurada allí, fue cuidado, respetado y considerado en medio de esa familia. Irse por sus defectos (en los que él mismo era uno) es malo, pero irse dejando una huella de azufre, no es piadoso. Quizás Dios use estos asuntos para depurar un grupo local de creyentes de espíritus destructores «Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados» (1 Co.11:19). Sin embargo, eso no exime a los individuos de no llegar a reconocer la obra que Dios adelantó en ellos en su congregación, más si aun se mantiene bíblica hoy, lo cual no es una misericordia pequeña.

Consejo final

Las iglesias pueden verse tentadas a aceptar pecados y situaciones de sus miembros solo para no dejarlos ir. En este caso, las iglesias debemos ser fieles al Señor y no debemos ceder a la tentación de bajar la norma para que los individuos inquietos se sientan cómodos. Lamentamos que por la oferta eclesiología de hoy, en lugar de ayudar al cuerpo de Cristo, vaya en su detrimento. Por ese motivo, pastores e iglesias deben estar muy atentos, más que ayer, pues gente llega a las iglesias y las adulan como mejores que donde han salido, Pero solo es mientras encuentran defectos en esta y más virtudes en otras. Quizás no siempre, pero generalmente el individuo que pudo salir de una iglesia bíblica por un defecto, saldrá, ¡y de qué manera!, de la iglesia que en su momento consideró más bíblica.

Las familias aprenden a convivir, a madurar, y a lidiar con sus asuntos, pero no se espera que se destruyan. Si esto es así, debemos pensar hasta las lágrimas, el abandonar una iglesia, debilitar su testimonio, crear división, perturbar el orden, por los defectos de ella, pues en lugar de abandonarla ¿no es esto un llamado a más oración, piedad y paciencia? Si tanto cuidado tenemos de nuestras familias terrenales ¿cuánto más cuidado de aquella familia donde la sangre que nos une es la de Cristo?

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