LA AMBICIÓN PERSONAL OBSTACULIZA LA VIDA Y EL MINISTERIO CRISTIANOS

E. M. Bounds (1835 – 1913)

«Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús» (2 Co.4:5).

«Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. El le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda […] Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt.20:20-21, 25-28).

La ambición personal es uno de los mayores obstáculos para la vida cristiana y especialmente para la predicación – porque nace del YO y se nutre del orgullo. Se manifiesta de varias maneras como: el deseo de ser un gran predicador, de tener el primer lugar, de ser un líder, o de asegurar lugares de honor o de beneficio. Este deseo se vela bajo muchos disfraces. Se bautiza con el apellido “loable”, y cuando entra en la iglesia, empieza a trabajar sus esquemas egoístas y mundanos. Una persona puede ser cristiana de nombre y miembro de la iglesia, pero si se deja llevar por la ambición personal, es un infiel de corazón y mundano. Los días en que la ambición ha prevalecido en la iglesia – han sido días de suprema mundanidad eclesiástica y de extrema apostasía.

Hay mucho en un nombre, y el cristiano verdadero y sabio no permitirá que este corruptor de la fe ingrese, aunque se vista con un ropaje de nombres inocentes. La fe cristiana ha encendido y consagrado la llama del santo celo, estimulando y dando ardor al esfuerzo. El verdadero celo es un fuego celestial, cuya pureza desprecia todas las adulteraciones terrenales. El celo crucifica el YO, fija sus ojos en Dios y en su gloria. Como Cristo murió por el pecado una vez, así el cristiano, por crucifixión, muere al yo y dice: “Perezca toda ambición”. En cada momento de su vida, en cada visión de sus ojos, en cada impulso de su corazón y en cada esfuerzo de su mano, el cristiano debe ser fiel al hecho de este compromiso de renuncia al yo.

La ambición personal es la única cosa que afectó el poder, la paz y la piedad de los apóstoles del Señor. Vemos sus efectos en sus envidias y disputas. Se registran unos pocos casos, pero solo podemos conjeturar cuántos celos y distanciamientos no registrados se produjeron. Tenemos el registro de su existencia y la reprimenda de Cristo en la primera parte de su carrera, y su violencia estallando casi bajo la sombra de la cruz. Los amargos pensamientos de su muerte, se mezclan con la lucha de sus discípulos por el primer lugar y su solemne acusación contra la ambición mundana. El lavado de los pies de los discípulos fue el último acto de formación personal que Cristo utilizó como remedio para la ambición en sus discípulos.

La ambición personal destruye el fundamento del carácter cristiano, al hacer imposible la fe. La fe se arraiga en el suelo donde se han destruido los crecimientos egoístas y mundanos. Dijo Cristo: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza» (Jn.5:44). En esta afirmación se muestra la imposibilidad de mezclar la fe con el deseo de recibir honores de los hombres.

La entrada de este elemento seductor del honor humano, aparta el corazón del honor que viene de Dios y barre los fundamentos de la fe. Cuando el ojo busca cosas distintas de Dios, cuando el corazón desea cosas distintas de Dios – esto es ambición personal. Ningún hombre puede servir a estos dos amos; ningún hombre puede combinar los propósitos del YO – y de Dios. Puede pensar que puede; puede parecer que lo hace; pero nadie puede realizar esta imposibilidad espiritual.

La ambición personal entroniza el orgullo, y ese es el trono en el que se sienta Satanás. La humildad es destruida por la ambición personal. La historia de la iglesia atestigua el hecho de que la humildad no tiene cabida en el hombre ambicioso. La humildad no es una virtud de aquellos que han buscado ser puestos en el calendario de los santos terrenales. Ninguna ambición es tan orgullosa como una ambición religiosa, y ninguna menos escrupulosa. Ninguna iglesia puede ser más completamente apóstata, que la iglesia cuyos líderes han llegado a sus puestos por el camino de la ambición. Ninguna ambición es tan destructiva como la que se presenta bajo el disfraz de la religión. La ambición personal es mundana, aunque se disfrace bajo el nombre de cristianismo. Engaña fácilmente a su poseedor, bajo el pretexto de un campo más amplio de influencia y utilidad.

Si la ambición personal puede ser religiosa y puede predicar, entonces debe hacerlo sin amor, porque el amor y la ambición no pueden unirse más que la luz y las tinieblas; están tan esencialmente en guerra, como Cristo y Belial. «El amor no busca lo suyo», mientras que la ambición busca siempre lo suyo, y no pocas veces busca con todo su corazón lo ajeno. El amor en el honor prefiere a los demás, pero la ambición nunca lo hace.

Si Jesucristo ha de ser nuestro predicador modelo, si nuestro apego a Él se eleva a algo más que un sentimiento egoísta, entonces la mente que estaba en Él debe estar en nosotros. Él no tenía ninguna mancha de ambición. Tenemos esta actitud de Cristo hacia la ambición puesta ante nosotros: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil.2:5-8). Toda la historia y el carácter de Cristo están en directo antagonismo con la ambición personal.

Si Pablo ha de servir de ejemplo a los predicadores, es en el punto de la liberación de toda forma de ambición personal, donde su ejemplo es más enfático. Pone todo el inventario de los bienes eclesiásticos y terrenales en un catálogo – y renuncia a todos ellos en este fuerte lenguaje: «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Fil.3:7-8). Y como si esto no fuera suficiente, nos lleva a la cruz, donde toda cosa terrenal pereció en el dolor, la vergüenza y la bancarrota total, y declara: «¡Estoy crucificado con Cristo!».

A menudo se permite que muchas cosas entren en nuestra fe y nuestro ministerio para difamarlos, pero nada es más mortal para nosotros que la ambición personal. Tiene bajo su peligroso abrazo – las semillas de todo mal. Tiene insinceridad e hipocresía. Es un tirano. De todos los males que afligen al Espíritu de Dios y apagan su llama, la ambición puede contarse entre los principales, si no el más importante. El hecho de que el orgullo eclesiástico y la mundanidad de la iglesia permitan que la ambición se bautice en los altares de la iglesia y tenga el sello de la inocencia y la virtud, debería ser alarmante.

¿Es el deseo de progreso eclesiástico, la ambición? Si no, ¿qué es? Alguno puede decir que esta ambición, es una ambición loable. ¿Puede un calificativo cambiar la naturaleza maligna de este ángel oscuro y caído? ¿Acaso un ropaje angélico convierte a Satanás en un ángel santo? Podemos decir que queremos un lugar más honorable, hacer un servicio más honorable y más grande para Cristo. ¿No es este Satanás el que se viste de ángel de luz? El honor del servicio a Dios depende únicamente del espíritu con el que se realiza, y ese espíritu es aquel en el que el yo, el orgullo y la ambición son crucificados. El YO en nosotros, mira hacia el futuro, hacia la grandeza y el honor personal. Cristo en nosotros, mira al presente, a la fidelidad y al celo por la obra que tenemos entre manos, y no tiene ojos para el yo y el futuro.

¿Puede el predicador predicar sin fe? Si predica con ambición personal, está predicando sin fe, porque en el servicio de Cristo no pueden coexistir la fe y la ambición.

¿Puede el predicador predicar sin amor? Si predica con ambición personal, está predicando sin amor, pues la ambición y el amor no tienen unión ni concordancia.

¿Puede un predicador predicar sin humildad? Si predica con ambición personal, está predicando sin humildad, pues la ambición es la esencia misma del orgullo.

¿Puede un predicador predicar sin consagración? Si predica con ambición personal, debe hacerlo, pues la ambición es una cosa que debe ser crucificada y no consagrada. La ambición debe ser crucificada diariamente, porque nunca puede ser consagrada.

La ambición personal cambia toda la naturaleza del ministerio y lo inunda de mundanalidad. En lugar de que el ministerio sea una institución en la que se produzcan las más altas gracias cristianas y se exhiban las más elevadas virtudes, la ambición personal lo transforma en un ministerio en el que el YO es el resorte principal, y toda gracia es arruinada.

Con la ambición personal en el predicador, la iglesia ya no es una institución para salvar a los hombres, sino que se convierte en una institución para conferir honor al predicador. Y todos sus lugares santos son entonces contaminados por la mano codiciosa y egoísta de la ambición, o son pisoteados por sus pies profanos.

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