LA FAMA DE UN LÍDER NO ES GARANTÍA DE UNA BUENA DOCTRINA

No cabe duda que, entre los dictados de la voluntad divina, estuvo el que su verdad fuese llevada, modelada y predicada por hombres (2 Cor.4:7). La unión entre el hombre y su mensaje, cuando del evangelio se trata, corresponde a aquello que el Señor ha querido hacer. La unión entre el hombre y su mensaje, bajo la gracia divina y sobre el fundamento de la Palabra de Dios, es una de las más poderosas influencias que recibimos. Pero esto tiene una cara siniestra si es que el hombre y su mensaje salen de los límites de la Palabra de Dios. Debe ser por eso que los falsos maestros revisten tanto peligro, ya que muchos no podrán separar en sus corazones al hombre de sus palabras y el afecto que sienten por él les lleva a aceptar sin discernimiento sus ideas o, por otro lado, la oratoria deslumbrante puede llegar a hacer que las personas, no solo, no disciernan sus mentiras, sino que le pasen por alto una manera de vivir pecaminosa, mundana o sensual.

Pero aquí debemos ser sensibles a un agravante más. Si por la providencia divina, mediante la cual Dios gobierna este mundo según su soberana voluntad, ha dado influencia a un maestro, su bendición será mayor si está sobre la bendita Escritura y el poder operante del Espíritu de santidad, o será un señuelo cada vez más destructor, en la medida que se aparte progresivamente de las Escrituras. La providencia de la influencia es un arma, pero será tan útil para los intereses de Dios en un ministro fiel, como puede llegar a ser un arma diabólica en manos de hombres que se desvían de la verdad o que nunca han estado en ella.

Suele pasar que los creyentes anteponen sus afectos a las sanciones bíblicas y prefieren darles crédito a algunos líderes, y más si son famosos o influyentes, solo en virtud de su fama, reconocimiento y posición, sin discernir bíblicamente sus doctrinas. En esto comprobamos que existen cristianos sensuales, manejados por sus propios sentires, sus propias percepciones, que darán el crédito del hombre y su doctrina solo por la fama que les precede o por el afecto que les tienen. La Palabra de Dios así, es llevada a un segundo plano de consideración o lo peor, tergiversada para acomodarla a la vida del líder famoso, para que ella le dé la razón.

Si bien, no existen maestros perfectos, sí hay maestros fieles y la Biblia reconoce la existencia de falsos maestros o maestros errados que se pueden empezar a desviar y a usar su influencia para el error. Esta capacidad de discernirlos se halla solo cuando la Palabra de Dios está en primera consideración y no nuestros afectos o emociones. El cristiano maduro no asumirá que la fama de un hombre, su influencia o múltiples ministerios, es garantía de su fidelidad. Los maestros de la Palabra de Dios pueden y deben ser calificados en cuanto a su fidelidad doctrinal y su respectivo fruto de piedad. Un hombre puede ser tan recto en su doctrina, pero un mundano en su práctica, enseñanzas o sugerencias, señal que la doctrina solo reposa en su mente de manera carnal y esto no lo hace un buen maestro. Usted también puede ratificar el efecto que las enseñanzas de esos maestros tienen sobre los influenciados. Temo que, bajo esta consideración, debamos apartar nuestros oídos de algunos maestros, que bajo un mensaje aparentemente ortodoxo te llevan a depender más de ellos, a amar más la cultura, a depender más de los sentidos, a admirar la cultura de la celebridad y a tomar la Palabra de Dios livianamente.

Nuestra lealtad absoluta, confianza plena y compromiso inquebrantable, solo está con Cristo y su Palabra. Es bajo el señorío de Cristo que reconocemos sus fieles ministros y es bajo su gobierno, que deberíamos reconocer a quienes aparentan piedad, enseñan piedad, pero niegan su eficacia. La fama de un ministro no es garantía ni señal de su fidelidad a Dios, pero su apego a las Escrituras y su fruto de santidad, sí que lo es.

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“YO SOY CESACIONISTA, DIOS NO”

«Si las revelaciones privadas concuerdan con la Escritura, no son necesarias, y si no concuerdan, entonces son falsas” —John Owen—

El asunto del cesacionismo y el continuismo no es un tema de poca importancia. Quizás para algunos cristianos, este tema sea de segunda consideración frente a temas que consideran de primer nivel o lo vean innecesario tratar al intuir su gran complejidad frente a asuntos más evidentes, sin embargo, al considerar que, en el fondo, la doctrina en juego es la Doctrina de la Palabra de Dios, el asunto toma relevancia y no debería esquivarse su complejidad dentro del cuerpo armónico de lo que reconocemos como sana doctrina. Este tema viene como una consecuencia final y necesaria de la doctrina de la Suficiencia de las Escrituras.

¿Cuál es el problema abordado en este tema? Podemos decir que es la continuación o cesación de los dones de revelación de la voluntad de Dios. Es decir, dones apostólicos, de profecía, lenguas y su interpretación y de dones que iban acompañando la revelación de la voluntad de Dios, todos estos llamados dones extraordinarios y fundacionales, para diferenciarlos de aquellos dones que Dios usa ordinariamente para la edificación de la iglesia después de su fundación. Este asunto es relevante y controversial por al menos tres razones:

En primera medida, de alguna manera general, los cristianos creemos en la suficiencia de las Escrituras. ¿Cómo compaginamos la existencia de dones de revelación de la voluntad de Dios hoy con la suficiencia de las Escrituras? Al llevar a las implicaciones necesarias la suficiencia de la Biblia, haría que dichos dones, como consecuencia lógica ya no fuesen necesarios o, por el contrario, expugnaríamos la suficiencia de la Escritura Sagrada. Definir el alcance de la suficiencia de las Escrituras, entonces es vital para el entendimiento de este tema. Es decir, si la Biblia es la regla completamente suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe, vida y nos da todos los elementos para vivir para la gloria de Dios y nuestro provecho, y si, además, ella es suficiente para enseñarnos todo el consejo de Dios ¿Qué pertinencia tendrían otros medios de revelarnos lo mismo?

El otro asunto importante y que hacen complejo el asunto, es que como advertíamos, los dones de revelación de la voluntad de Dios, venían acompañados de otros dones que confirmaban al mensajero y la palabra dicha. Hablamos de dones como milagros, prodigios, sanidades. Dones que son llamados extraordinarios. Entonces, si el argumento principal es que los dones de revelación de la voluntad de Dios venían acompañados de otros como refrendadores del mensajero y su mensaje, cesados los dones de revelación, los otros dones también cesan.

Otro elemento que hace necesario y tan controversial el asunto, son las ramificaciones que este punto tiene. A saber, no es solo ser cesacionista o continuista, sino que hay ramificaciones sutiles. Así como hay posturas claras bien definidas, hay también posturas medias o con variantes. Hay personas que creen en la absoluta suficiencia de las Escrituras, y negando que existan dones de revelación, creen en algunas impresiones subjetivas del Espíritu Santo aparte de la Palabra de Dios, que les ayuda a entender o guiarse en la vida cristiana. Otros, por supuesto, sin denigrar de la suficiencia de las Escrituras, afirman que se puede creer en profecías desde que sean confirmadas por la Palabra de Dios o vayan de acuerdo a ella. Algunos le llaman intervenciones providenciales para no hablar de manifestación de dones, con los que Dios guía a su pueblo. El tema, entonces, debe estar bien definido ¿No le parece?

 

¿Qué es el cesacionismo y el continuismo?

Como su nombre lo indica el continuismo afirma que los dones de revelación y los que los acompañaban, continúan y lo harán en todo el desarrollo de la iglesia en esta tierra. Esta enseñanza dice que los mismos dones milagrosos o espectaculares registrados en la iglesia primitiva están vigentes hoy en la Iglesia y deben ser realidad en todo cristiano en mayor o menor grado en su experiencia cristiana. Algunos individuos que se adhieren a este punto de vista dicen que la única excepción sería el don del apostolado. Los más conocidos grupos que se adhieren a esta idea son los pentecostales, los carismáticos y el grupo llamado “de la tercera ola”. Pero existe un punto de vista continuista con reservas o “cuidadoso”. Aquellos que se adhieren a este punto de vista están abiertos a la posibilidad de dones extraordinarios hoy en día bajo circunstancias extraordinarias, algo que en verdad no es muy claro porque la calificación de lo que es extraordinario es subjetiva y a veces arbitraria. Pero son cuidadosos en la manera que dudan de ciertas o la mayoría de declaraciones de parte de los pentecostales y carismáticos. Vale la pena referir que algunos reformados hoy están pisando estos terrenos.

El cesacionista, por otro lado, argumenta que los dones de revelación y milagrosos (extraordinarios o espectaculares) del Nuevo Testamento eran revelatorios y, por lo tanto, pertenecían al tiempo inicial o periodo fundacional de la historia de la Iglesia. Como esa condición ha sido completada y el canon cerrado, los dones revelatorios no están operativos hoy en día. La discusión tiene que ver con el canon, con el otorgamiento de dones usados por Dios para la revelación del conocimiento redentor o del otorgamiento de dones que acompañaron dicha revelación especial. La discusión es tan importante que nos llevará a concluir solo en dos puntos, un canon completo y suficiente o un canon abierto, de alguna manera. No importa si ese canon está abierto con cuidado finalmente hablamos de una apertura. Podemos preguntar entonces a la luz de este tema: ¿Revela Dios hoy su voluntad? ¿Necesitamos profetas? ¿Existen hoy dones revelatorios como las lenguas, sueños y visiones? ¿Podemos decir que hoy personas tienen dones de sanidades o milagros que ratifiquen o autentiquen su mensaje? ¿Necesitamos dones que nos revelen misterios desconocidos para vivir una vida agradable a Dios o para tomar decisiones?

 

¿La reforma histórica se suscribe a una de ellas?

Si con ese nombre o no, el cesacionismo es la posición a la que se adhieren algunos dispensacionalistas y también los teólogos reformados confesionales. Usted puede ver que dicha afirmación es verdad, solo mirando el primer párrafo, del primer capítulo de ambas confesiones de fe:

“Aunque la luz de la naturaleza y las obras de creación y de providencia manifiestan la bondad, sabiduría, y poder de Dios de tal manera que los hombres quedan sin excusa, sin embargo, no son suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación; por lo que le agradó a Dios en varios tiempos y de diversas maneras revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su Iglesia; y además, para conservar y propagar mejor la verdad y para el mayor consuelo y establecimiento de la Iglesia contra la corrupción de la carne, malicia de Satanás y del mundo, le agradó dejar esa revelación por escrito, por todo lo cual las Santas Escrituras son muy necesarias, y tanto más cuanto que han cesado ya los modos anteriores por los cuales Dios reveló su voluntad a su Iglesia”.

Confesión de fe de Westminster (1:1).

“Las Santas Escrituras son la única toda suficiente, segura e infalible regla del conocimiento, fe y obediencia salvadoras. Aunque la luz de la naturaleza y las obras de creación y de providencia manifiestan la bondad, sabiduría, y poder de Dios, de tal manera que los hombres quedan sin excusa, sin embargo, no son suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación; por lo que le agradó al Señor, en varios tiempos y de diversas maneras revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su Iglesia; y además para conservar y propagar mejor la verdad y para el mayor consuelo y establecimiento de la Iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, le agradó dejar esa revelación por escrito, por todo lo cual las Santas Escrituras son muy necesarias, y tanto más cuanto que han cesado ya los modos anteriores por los cuales Dios reveló su voluntad a su Iglesia.

Confesión Bautista de fe de Londres de 1689 (1:1)

El puritano Thomas Watson en su Tratado de Teología, en la sección “Las Escrituras” hace la pregunta “¿Son las Escrituras una regla completa?” Su respuesta: “La Escritura es un canon completo y perfecto que contiene todas las cosas necesarias para la salvación […] Señala la credenda, lo que debemos creer, y la agenda, lo que debemos practicar. Nos da un modelo exacto de cómo debe ser la religión y nos instruye perfectamente en lo profundo de Dios”. Más adelante siguiendo la implicación, que, si la Biblia es divinamente inspirada entonces: “No hablen pues los hombres de una revelación del Espíritu, sino sospechen más bien que se trata de una impostura. El Espíritu de Dios actúa según ciertos principios, obra en la Palabra y por medio de ella, y el que pretenda tener una nueva revelación por encima de la Palabra, o contrario a la misma, está abusando tanto de sí mismo, como del Espíritu, y está tomando prestada su luz de aquel que se disfraza como ángel de luz”

Uno de los secretarios de las Asamblea de Westminster, William Ames, autor de la Medula de la Teología, afirma en este escrito, bajo el tema de las Escrituras. “(15) Todas las cosas necesarias para la salvación se encuentran en las Escrituras, al igual que aquellas necesarias para la instrucción y edificación de la iglesia […] (16) Por lo tanto, las Escrituras no son reglas parciales sino una regla perfecta de fe y moralidad […] (18) Los artículos de fe no han crecido en esencia con el paso del tiempo, sino en explicación”.

Esto para afirmar con unas pequeñas muestras, que, en efecto, la reforma histórica se suscribe al cesacionismo. Y nótese un dato de no poca importancia que nos muestran el profundo entendimiento de las doctrinas bíblicas de los reformadores y sus hijos doctrinales, los puritanos, cuando toca el tema de la cesación de las antiguas maneras de revelación, lo hace o lo afirma bajo el tema de las Sagradas Escrituras, jamás bajo el tema de la soberanía de Dios ni de su providencia, lo que hubiese sido un mal entendimiento de la doctrina Bíblica y un contexto errado para explicar los dones que Dios ha dado. Esto no es arbitrario, los reformadores supieron la relación entre dones apostólicos y canon escritural, algo que se ha traspapelado en la mente de algunos que hablan del tema apoyados en la reforma.

Sin embargo, en el dialogo actual que un sector del calvinismo ha querido sostener con algunas posturas contemporáneas, de ida, han dado luz a sectores del evangelicalismo con ciertas verdades escriturales fundamentados en algunos principios de la reforma histórica, principalmente en soteriología, pero de venida, han traído una inquietud con respecto a la completa suficiencia de las Escrituras para revelarnos de manera perfecta, todo el consejo de Dios y la salvación, salvación en el sentido más amplio de la palabra, es decir, aquello que también incluye doctrina y vida práctica. No se puede negar que en muchos aspectos, dicha influencia -de ida-, ha beneficiado a muchos creyentes que han despertado a la luz de las Escrituras en muchos aspectos, pero tampoco se puede ocultar que, -de venida- han traído entre otras cosas, oscuridad con respecto a la operación del Espíritu con y a través de la Palabra de Dios para sus propósitos santificadores.  El dialogo pues, no ha sido gratis, se ha pagado un costo. Pero es entendible, estamos en los tiempos en los que el dialogo es más importante que la enseñanza o instrucción.

Se espera que los herederos  de la reforma, tengan claridad en cuanto a las implicaciones de afirmar ser cesacionistas o continuistas y que el asunto no se reduzca dramática y superficialmente a hacer llamados de tolerancia y amor mutuo, tan necesarios como estos asuntos puedan ser, porque al final el tema en cuestión queda sin precisar y el mensaje de un relativismo doctrinal en este aspecto, crece exponencialmente, por lo que este asunto debe continuar siendo precisado para el mundo de hoy y  para dejar el legado doctrinal histórico a la próxima generación. Muchas personas desconociendo sus propias doctrinas han querido hacer apología al cesacionismo, pero sus argumentos, no son más que leña que sigue alimentando la idea que el continuismo tiene razón y el cesacionismo también la tiene.

 

“Yo soy cesacionista, pero Dios no”

La frase “yo soy cesacionista, pero Dios no”, es una frase que ha pretendido zanjar de forma diplomática, dicha diferencia doctrinal, dándole la razón a ambas interpretaciones, buscando un equilibrio piadoso en dos posturas que se contradicen. Esta frase es usada por hermanos sin mayor discernimiento porque parece reunir ese equilibrio perfecto entre buena doctrina, madurez y amor mutuo. Pero esta frase, desafortunada por demás, evidencia el desconocimiento de, por un lado, el Ser de Dios y su relación con las Escrituras dadas por su autoría, y, por otro lado, de lo que es el cesacionismo.

¿Por qué es un error esta forma de entender el cesacionismo? ¿Por qué esta frase es confusa? ¿Por qué en última instancia es un aval al continuismo? ¿Por qué no debe usarse como un argumento legitimo? Permítame ofrecerle algunas explicaciones de forma somera para responder estas preguntas.

 

– Dios no está al mismo nivel que el hombre con respecto a Su voluntad revelada.

Dios es el origen de la Escritura, el hombre es su receptor. El Autor habla, el hombre responde acogiéndose a la revelación, o rechazándola. Es el receptor quien tiene la responsabilidad de creer en lo que le ha sido revelado. Pensar que Dios por contraste, se suscribe a una doctrina, o adopta una postura doctrinal, o cree y se adhiere a una doctrina, en este caso, al ser continuista de facto, genera confusión, poniendo a Dios como sujeto proclive a creer o adherirse o no una doctrina. La base de la sana doctrina son el Ser y las obras de Dios, reveladas en su Palabra, por lo que, como creaturas sujetas, creemos lo revelado. Dios no tiene necesidad de creer, obedecer, sujetarse a una norma, Él es la norma, lo suyo es revelarse a sí mismo y su voluntad, y formar así la base de creencias, lo del hombre es responder en fe a esa revelación.

Si usted sigue la línea razonamiento, aquella que hace a Dios sujeto de creencias, y la sigue con otras doctrinas, podría llegar a conclusiones más desastrosas. Por ejemplo, “Yo creo en la inspiración de las Escrituras, Dios no”. “Yo creo en la eclesiología bíblica, Dios no”. “Yo creo en el gobierno bíblico de ancianos, Dios no”. “Yo creo en la observancia fiel del día del Señor, Dios no”. “Yo creo en la suficiencia de las Escrituras, Dios no”. Ha meditado ¿Qué cosas no cabrían bajo estas formas de razonamiento? Y aquí, a riesgo de parecer redundante, debemos preguntarnos ¿Por qué como cristianos creemos lo que creemos si no es porque Dios se ha revelado y ha revelado su voluntad en las Escrituras?  Creemos por la revelación de Dios, Dios no cree en su revelación, Él es al Autor de ella y el Origen de nuestras creencias, Él es el Objeto de la fe, no uno de los receptores de ella. Él es la verdad, Él no cree en ella, Él es la verdad y toda doctrina sana de Él se desprende. Señalar que ciertos hombres creen en la doctrina de la cesación de los dones de revelación y dones que acompañaban estos dones, pero que Dios no cree en esta doctrina, sitúa a Dios al nivel del que se adhiere a una norma doctrinal o se suscribe a una por proceso de fe y obediencia, como debe ser el caso de los seres humanos.

El punto es el siguiente, si Dios ha revelado algo en la Escritura, debemos creerlo, si no, no deberíamos. Esa es la cuestión y esta frase deja sin tocar la cuestión principal. ¿Es bíblica la doctrina de la cesación? ¿Es venida de Dios? ¿Dios la ha dejado en su Palabra? Y por el contario, si Dios sigue un rumbo de acción especifico y nos enseña que deberíamos esperar de Él ciertas manifestaciones o revelaciones, no creer en ello, sería desafiante y perverso.

 

– Dios no contradice con sus obras, lo que ha revelado en su Palabra

Además, el asunto se vuelve más delicado al insinuar que Dios contradice con sus obras, lo que enseña en su Palabra. El solo pensamiento que Dios nos guía en contra de las Escrituras que Él mismo dio por inspiración, es aterrador. Si Dios en su Palabra nos enseña que el canon de la Escritura está cerrado, que es suficiente para la revelación de su Ser y voluntad, que nos debemos bastar con ‘Moisés y los profetas’, y al mismo tiempo, pasando por encima de esta enseñanza, sigue levantando profetas para darnos guía extra o especial de su voluntad, ¿No señalaría que Dios está contradiciendo con sus obras lo que enseña en Su Palabra? Advierta la confusión, no solo de pensar que Dios, en casos específicos, hace con su Palabra lo que hace con la naturaleza, sino que imagine todo tipo de licencias humanas para creer o hacer cosas, amparados bajo el principio que en sus obras Dios puede llegar a contradecir o modificar su Palabra.

Déjeme explicarlo. Se afirma en la doctrina de la providencia Dios que Él hace uso de los medios para llevar a cabo sus fines, sin embargo, Él es libre de obrar sin ellos, por encima de ellos y contra ellos según le plazca. Pero nótese, esta expresión doctrinal no habla de la relación de Dios con su Palabra sino con la naturaleza creada. Confundir los ámbitos de revelación especial y revelación general, aquí, como en otros asuntos, es destructivo. Si confundimos los ámbitos y relaciones de la revelación especial y general de Dios, podríamos desembocar en una locura megalítica al decir que Dios obra con la Palabra, sin ella, por encima de ella o en contra de ella. Así, Dios regiría la iglesia por su Palabra, pero siendo libre de obrar por encima de ella o a veces contrario a ella según su voluntad ¿Por qué no puede levantar bajo su voluntad una pastora para una iglesia?

Sin embargo, esto no es lo que Dios nos ha enseñado acerca de Su Palabra, mediante la cual Él quiso revelarse y revelar su voluntad de forma infalible e inspirada. Cuando Dios nos dio su Palabra, nos dio la única toda suficiente, segura e infalible regla del conocimiento, fe y obediencia salvadoras, no puede ser que se nos comunique que al final, era otra la realidad, que tenemos una Biblia que aún necesita atestiguación o autenticación fuera de sí misma, por lo que esperar dones de revelación de la voluntad divina, dones de unos y de otros, es algo que deberíamos esperar, si bien no con regularidad, sí como algo nada extraño. En los términos del Nuevo Testamento, eso sencillamente no es posible o de lo contrario, tendríamos que reevaluar la doctrina de la suficiencia de la Palabra de Dios.

 

– Este tipo de expresiones o posibles explicaciones desconocen la naturaleza de los dones y milagros del Nuevo Testamento.

Los milagros no son lo que nosotros queremos que sean ni los dones apostólicos o extraordinarios no son lo que nosotros queramos que sean, ni están enmarcados en los contextos que nosotros queremos ampararlos. Es común hablar del tema de los milagros bíblicos y dones extraordinarios, bajo el tema de la soberanía de Dios. Así, la pregunta natural será ¿Acaso Dios no puede hacer milagros y dar los dones que quiera? Esta pregunta apela a la soberanía de Dios, al ámbito de lo que Dios puede o no hacer. La respuesta sería obvia: ¡Claro que puede! Es más, la Biblia nos afirma que ¡Ya lo ha hecho antes! Pero de nuevo, ¿Son los milagros de la Biblia, estrictamente hablando, revelación del poder de Dios per se, o estaban estrechamente relacionados con la revelación especial?

Por supuesto que el medianamente entendido en el tema del cesacionismo sabrá que este tema debe ser tratado bajo el marco de la revelación especial, es decir, principalmente corresponde a la doctrina de la Palabra de Dios y no tratado bajo el tema de la soberanía divina. Así lo entendieron los padres antiguos porque, de hecho, así mismo es como la Biblia relaciona las cosas. Lo que vemos en la Biblia con milagros y dones, no son explosiones del poder de Dios sino obras dirigidas con un propósito específico en la historia redentora. Si asumimos esto, cambiamos el marco de la discusión al terreno que le corresponde.

Al entender la naturaleza misma de la revelación especial, que es la revelación del plan redentor, tanto su fundamento como su desarrollo, podemos entender la función de los dones extraordinarios. Preguntémonos, ¿Los milagros del Señor, o en sí de los milagros de la Biblia, son demostración de qué? Si decimos que son demostración del poder de Dios, creo que erramos porque para eso está la revelación general (Rom.1:20). Los milagros bíblicos entran en el marco de la revelación del plan redentor de Dios. Cada palabra es una palabra reveladora, venida por inspiración, cada milagro es una señal de una verdad redentora que Dios quería revelar. Para demostrar Su poder y deidad no era necesario un milagro, pero vemos su propósito al darlos: Él quería abrir el entendimiento del pecador para que pudiese entender que Él es el Señor Salvador (Cf. Jn.6:35; Jn.11: 25-26; Lc.4:18-21; Mr.2:10-11). Los milagros tienen relación directa con la revelación redentora. Un milagro es revelación redentora, es inherentemente revelacional. Cuando Dios actúa en una forma milagrosa Él revela Su poder y voluntad. Pero generalmente la palabra de revelación es necesaria para expresar el mensaje. La palabra acompaña al milagro para explicarlo.

Podemos decir como un principio que un milagro atestigua la revelación redentora. Donde ocurrieron milagros, debería oírse la Palabra de Dios. Así los milagros señalan hacia un mensajero para acompañar su mensaje. Estos milagros llamaban la atención sobre la veracidad y autoridad de la predicación de los profetas. Podemos concluir que esa unión se presentó para certificar, autenticar, respaldar, hacer creíble a los profetas. Los milagros eran una credencial que legitimaba que los profetas estaban de verdad hablando de parte de Dios (Cf. Dt.34:10-12; Ex.4:1-5; 1 Ry.18:36; Sal.74:9; Hch.3:20-22; Hb.1:1-3) Ahora, esto ha sido nombrado para que veamos la naturaleza de los milagros de Cristo en estos textos: Jn.20:30-31; 10:37-38; 3:2; 6:14; Hch.2:22.

 

– Esta expresión se fundamenta más en la experiencia que en la Palabra de Dios

Luego de razonar de forma equivocada y echar a rodar la idea que un individuo puede ser cesacionista pero que no puede estar seguro de su doctrina porque Dios puede pasar por encima de ella, solo es cuestión de esperar sus implicaciones consecuentes. Si usted se fija bien ¿De dónde sacas que Dios hace tal o cual cosa para así establecer o afirmar una doctrina? La doctrina del continuismo muchas veces es establecida, defendida y afirmada sobre la base de casos particulares (experiencias personales, experiencias de misioneros, etc.), no sobre la base del testimonio de las Escrituras. Ese relativismo doctrinal en este punto, esas expresiones confusas que surgen de este relativismo, surgen de la observación de casos particulares, de interpretarlos y luego, ir a la Biblia a acomodar todo un sustento que permita avalar como bíblica dicha experiencia. Si se fija bien, la doctrina se estableció sobre la base de la experiencia, la Biblia fue subordinada, fue sometida, fue usada como prueba confirmatoria, no como la base fundamental de una doctrina.

Si un individuo afirma creer en la suficiencia de las Escrituras pero que no es estricto en esto ya que ha visto, sido testigo, leído o experimentado cosas extraordinarias o inexplicables, por lo que es abierto a ciertas manifestaciones, le podríamos contraponer la experiencia del individuo que jamás ha experimentado, sido testigo, o visto eventos extraordinarios y entonces, ¿Quién tendría la verdad? ¿La experiencia de quién es normativa? Y volvemos al principio que hemos querido salvaguardar, que los asuntos no se miden ni se califican por la experiencia, sino por la Palabra de Dios y de nuevo ¿Revela Dios hoy su voluntad? ¿Necesitamos profetas? ¿Existen hoy dones revelatorios como las lenguas, sueños y visiones? ¿Podemos decir que hoy personas tienen dones de sanidades o milagros que ratifiquen o autentiquen su mensaje? ¿Necesitamos dones que nos revelen misterios desconocidos para vivir una vida agradable a Dios o para tomar decisiones?

 

– Finalmente, este tipo de explicaciones y similares, no resuelven el asunto central, que según se ve, es precisamente lo que se quiere esquivar a toda costa.

¿Es o no la Biblia suficiente? ¿Lo es en realidad o puede ser un juego de palabras?  ¿Qué implicaciones consecuentes tiene el proclamar la suficiencia de la Biblia? ¿Es consecuente y consistente creer en la suficiencia de las Escrituras y además creer en profecías privadas, por ejemplo? Alguna persona pudiera pensar que sueños, visiones o profecías personales son válidas, pero preguntamos ¿Bajo qué criterio se califican de válidas o no? Aun si llegamos a la conclusión que esos mensajes son de índole muy personal que le sirven solo a quienes las reciben, el asunto es el mismo ¿Recibe esa persona ese mensaje como autoridad? ¿Reconoce una autoridad en ese mensaje, así sea solo para sí mismo? Entonces, nos arroja a dos consecuencias simples, o en verdad esas palabras o mensajes privados tienen autoridad divina y normativa o cada persona les confiere arbitrariamente autoridad. O estas tienen autoridad divina, entonces ¿Qué de la suficiencia de la Biblia? Y si uno mismo es quien le atribuye autoridad ¿No se sitúa uno mismo como juez de lo que es legítimo o no?

A la luz de la suficiencia de las Escrituras podemos preguntar ¿Para qué Dios estaría dando dones de profecías y lenguas? ¿Por qué motivo tendría Dios que confirmar su Palabra hoy por milagros? Recordando que las Escrituras se autentican a sí mismas objetivamente y que son autenticadas para nosotros por su Espíritu Santo. ¿Tiene Dios que obrar milagros hoy para que alguien crea o para que alguien se edifique si la Palabra de Dios cumple tal función infaliblemente?

 

Conclusión

La frase: “Yo soy cesacionista, pero Dios no”, es más bien un razonamiento que le otorga un aval al continuismo. Esto queda muy claro y es muy evidente en el hecho que, siguiendo la línea de argumentación, si un hombre es cesacionista y Dios no, por contraste ¿Qué es Dios? ¿Es continuista? Y puesto así, en esos términos ¿No es terrible ser cesacionista? Es un completo descredito. Dios versus el hombre. Todo cristiano quiere andar en la voluntad de Dios, todos queremos imitarle como a un Padre, por lo que ser cesacionista, es lo contrario a lo que Dios sería en este punto. Esto no es un equilibrio diplomático es un completo aval al continuismo. La más mínima inquietud o reserva con respecto a la doctrina de la suficiencia de las Escrituras, deja al individuo del único lado posible, por contraste, en el continuismo, sea cuidadoso o no.

La doctrina cesacionista, como otras doctrinas bíblicas, no es un asunto que se resuelva con un versículo o un par de ellos. Es una teología, es la compilación armónica del testimonio bíblico al respecto y es la consecuencia e implicación necesaria de otras doctrinas que subyacen tras ella, en un cuerpo doctrinal reconocido como sana doctrina. Y para el bien del pueblo de Dios, es mejor ser precisos y claros, sin temer como necesaria la consecuencia que resultaremos odiando o peleando con los que no conocen o no entienden tal doctrina. La pelea o guerra entre cristianos no es la otra opción a ser ambiguos, poco claros o relativistas. Se puede ser firme, claro, en tener y enseñar la doctrina bíblica y seguir amando a hermanos con los que en este punto no coincidimos.

VERDAD EN CRISIS

Nadie se atrevería a afirmar que la verdad de la Palabra de Dios alguna vez ha gozado de popularidad y aceptación masiva. En un mundo caído en el pecado, la verdad tiene que abrirse paso en medio del tumulto agresivo de seres humanos caídos, y sus ideas. Pero cuando la verdad es atacada por quienes deberían ser sus defensores, ella tendrá un desafío extra, el ser vindicada a pesar de sus custodios.

Una postura ciertamente enigmática se ha empezado a tomar el lugar que le corresponde a la verdad, y es la filosofía de la tolerancia, ahora, más distinguida y cuidada que la primera. En los días actuales maltratar la verdad de la Biblia no es tan grave como denunciar, criticar o poner en evidencia a quien lo hace. Si hay un pecado imperdonable no es menoscabar la Palabra de Dios como evidenciar a quien lo ha hecho. El discurso posmoderno ha calado en las grietas del pensamiento superficial cristiano moderno, de manera que hay más afán en conciliar, armonizar, dialogar, que en vindicar las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas.

No es fariseísmo radical, intolerante e incongruente mirar con asombro cómo se adultera la Palabra de Dios, y como se arrincona sus preceptos, doctrinas y enseñanzas, al estante de la “libertad cristiana” o “formas distintas”. Si esta es la manera de concebir la verdad, la tolerancia sí que es un valor primario, pero si le damos el peso e implicamos la Sola Scriptura, entonces la obediencia y fidelidad y no la tolerancia son los valores a seguir con esmero.

Por supuesto que el defensor de la verdad, es cristiano aun cuando la defiende, y no existen salvoconductos para el pecado en pro de la defensa del evangelio. Nada sería más una contradicción que por defender la verdad, esta fuera menoscabada. Pero el amor cristiano y la prudencia, jamás deben ser confundidos con la tolerancia al error, más cuando estos se publicitan y promocionan sin rubor. Según se ve, no es tan malo promover errores públicamente, usando las grandes plataformas de la comunicación masiva, ah, pero defender la fe, si debe ser asunto privado, personal y “prudente”. Vale la pena aclarar que los medios de comunicación no son la iglesia y que la finalidad de los medios es la promoción, en el buen sentido de la palabra. De manera que los errores promovidos públicamente, ¿Por qué deberían ser reprendidos en privado? ¿Por qué querer tapar la boca del defensor de la verdad si el ofensor de ella está gritando y promocionando sus errores?

Más aún, si nadie puede decir nada porque todos somos pecadores, y nadie tiene autoridad moral para hablar de nadie, todos deberíamos callar, padres, pastores y la misma iglesia debido a que nadie está libre de pecado. Ni aun el que critica a quienes defienden la fe debería escribir en contra porque sus aseveraciones tienen doble filo y resulta cortándose él mismo con lo que dice. Si es coherente, también debería callar. A estos, permítame aclarar que, aunque nadie está libre del error, no todos los yerros tienen la misma proveniencia ni todos revisten el mismo peligro. Alguno puede errar porque es la luz que tiene, pero su deseo es la conformidad a Cristo y sus doctrinas. Otros pueden errar y desviarse, habiendo conocido la verdad y queriendo establecer sus propias ideas ajenas a la Biblia y a una fe histórica y confesional lo que los reformados entendemos que es sinónimo de sana doctrina. Y que no todos los yerros tienen la misma consecuencias, queda claro porque si yerras para ti mismo o para un grupo restringido de creyentes, las consecuencias amargas no son tan grandes como cuando yerras desde una plataforma masiva de influencia mediática desde la cual resultas afectando la vida y rumbo de cientos de creyentes.

Si algunos no desean llevar las implicaciones de ahondar en su conocimiento de la palabra de Dios, no pueden por implicación, amedrentar a quienes desean hacerlo. Si la diplomacia pesa más que la verdad en la escala de valores de muchos, que no se concluya que todos tienen el mismo temor de vindicar la verdad. Ya se lo hemos dicho al mundo, y ahora se lo afirmamos a algunos creyentes hermanos, si en verdad eres tolerante, debes serlo también con los que no piensan como tú, o ¿Estas exigiendo tolerancia solo para tus ideas?

Claro que alabamos la tolerancia en el cuerpo de Cristo, pero no toleramos el error. Ni menos cuando se publicita sin temor. Para no entrar en este subjetivismo cristiano, no se nos olvide que hemos recibido un depósito de la sana doctrina y que la iglesia es su custodio, somos columna y baluarte de la verdad y se nos encargó el retenerla y comunicarla con fidelidad. Si esto no nos mueve a procurar la sanidad en la doctrina ¿Por qué pensar que la tolerancia posmoderna lo hará?