LA SIMPATÍA DE CRISTO CON EL CRISTIANO EN LA TENTACIÓN

Por Octavius ​​Winslow, 1877 [1]

«Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados» (Heb.2:18).

Ascendemos con nuestro presente tema a una región más elevada y divina del pensamiento y del sentimiento. De la simpatía de los ángeles en la tentación de los piadosos (Mt.4:11), nos elevamos a considerar la simpatía del Señor de los ángeles. Y si la una ha demostrado ser tan inteligente, calmante y útil en la hora de la batalla y del peligro, ¿cuál debe ser el poder y el efecto de la otra? Infinitamente más allá de la capacidad combinada de todas las huestes del cielo, debe estar la de la Cabeza tentada y Salvador de Su Iglesia. Hay un punto de simpatía y poder que ningún ángel puede alcanzar. La simpatía más verdadera y más eficaz es la que fluye del sufrimiento afín. Aquel que me alivia en la tentación, que cura mi herida, y que llora cuando yo lloro, debe ser alguien a quien los arqueros han atravesado, a quien la adversidad ha instruido, a quien el dolor ha castigado. «No siendo inculto en el sufrimiento», dice un antiguo clásico, «aprendo a compadecer a los afligidos». Y no es menos expresivo el mismo sentimiento según un poeta moderno.

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