EL CRISTIANO Y LA POLÍTICA

Por John Angell James, 1837

Al tratar de resolver la difícil cuestión de hasta qué punto un cristiano puede participar activamente en los asuntos del gobierno civil, o en lo que técnicamente se llama «política», hay que tener en cuenta dos cosas.

En primer lugar, que el gobierno civil y el cristianismo, aunque son totalmente distintos en su naturaleza y diseño, no se oponen el uno al otro. Este último nos enseña nuestros deberes religiosos, o en otras palabras, cómo podemos servir a Dios aquí, y obtener la salvación eterna más allá de la tumba; mientras que el gobierno civil, aunque sancionado e impuesto en cuanto a su principio general por el Nuevo Testamento, es totalmente, en cuanto a sus disposiciones específicas, una provisión de habilidad humana, para asegurar la tranquilidad y la libertad, durante nuestra permanencia en la vida presente. Dice el Sr. Hall: «Entre instituciones tan diferentes en su naturaleza y objeto, es evidente que no puede subsistir ninguna oposición real; y si alguna vez se las representa bajo esta luz, o se las considera inconsistentes entre sí, debe proceder de una ignorancia de su respectivo ingenio y funciones». Es evidente, pues, que no hay nada en la política como tal que sea incompatible con la más estricta profesión del cristianismo.

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