EL CARÁCTER DEL HIPÓCRITA

Por C.H. Spurgeon

Extracto del sermón: ¡Hipocresía! (1859)

«Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía» (Lc.12:1).

Tenemos una descripción elaborada del hipócrita en el capítulo que acabamos de leer, Mateo 23, y no sé si puedo retratarlo mejor que volviendo de nuevo a las palabras de Cristo.

Un hipócrita puede ser conocido por el hecho de que su discurso y sus acciones son contrarios entre sí. Como dice Jesús, «dicen y no hacen». El hipócrita puede hablar como un ángel, puede citar textos con la mayor rapidez; puede hablar de todos los asuntos de la religión, ya sean doctrinas teológicas, cuestiones metafísicas o dificultades experimentales. En su propia estima sabe mucho y cuando se levanta para hablar, a menudo te sentirás avergonzado de tu propia ignorancia en presencia de su conocimiento superior.

Pero vedle cuando pasa a la acción. ¿Qué ves ahí? La más completa contradicción de todo lo que ha dicho. Les dice a los demás que deben obedecer la ley; ¿la obedece él? Ah, no. Declara que los demás deben experimentar esto, aquello y lo otro, y establece una fina escala de experiencia, muy por encima incluso de la del propio cristiano, pero ¿la toca? No, ni siquiera con uno de sus dedos. Les dirá a otros lo que deben hacer, pero ¿recordará sus propias enseñanzas? No.

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LAS MARCAS DE LOS INCONVERSOS

Joseph Alleine, 1671

Como se dijo de los seguidores del Anticristo, así aquí: algunos de los inconversos llevan sus marcas en la frente más abiertamente, y otros en las manos. El apóstol cuenta algunos sobre quienes escribe la sentencia de muerte, como en estos catálogos espantosos que les ruego que presten atención con toda diligencia:

«Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia» (Ef.5:5–6).

«Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda» (Ap.21:8).

«¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios» (1 Cor.6:9-10).

Ay de los que tienen su nombre escrito en este catálogo. Los tales pueden saber, con tanta certeza como si Dios les hubiera dicho desde el cielo, que no están santificados y bajo la imposibilidad de ser salvos en esta condición.

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