LA LEY COMO PACTO DE OBRAS, COMO REGLA DE VIDA Y COMO PELIGRO

Por John Colqhoun (1748-1827)

Extracto de: A Treatise on the Law and Gospel 

LA LEY COMO PACTO DE OBRAS

La ley de la creación requiere que el hombre realice una obediencia perfecta y dice: “Haz”. Pero la ley como pacto de obras requiere que él “haga y viva” — hacer, como condición de vida; hacer, a fin de adquirir por su obediencia un derecho a la vida eterna. El mandato de realizar una obediencia perfecta simplemente no es el pacto de obras; porque el hombre estaba y está inmutable y eternamente obligado a rendir perfecta obediencia a la ley de la creación, aunque nunca se hubiera hecho con él un pacto de obras. Pero la forma del mandato en el pacto de las obras es la perfecta obediencia como condición de vida. La ley en esta forma comprendía no sólo todos los mandamientos que le eran propios como ley de la naturaleza, sino también un precepto positivo que dependía enteramente de la voluntad de Dios.

Este precepto positivo era, en efecto, un resumen de todos los mandamientos de la ley natural o moral: la obediencia a él incluía la obediencia a todos ellos, y la desobediencia a él era una transgresión de todos a la vez. El pacto de obras, en consecuencia, no podría haberse quebrantado de otra manera que transgrediendo ese precepto positivo. El mandato que requería obediencia perfecta como condición de vida obligaba a Adán, y a toda su posteridad natural en él, no sólo por la autoridad de Dios, su soberano Señor y Creador, sino por su propio consentimiento voluntario, a cumplir esa obediencia: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17).

Como consecuencia de haber propuesto Dios la ley en forma de pacto a Adán, y de haberla consentido Adán, como representante de toda su descendencia natural, todos los hijos de los hombres, mientras continúan en su estado natural, permanecen firmes, a la vista de Dios, bajo toda la obligación original de la misma… Porque, aunque la ley en su forma de pacto es quebrantada, está lejos de ser derogada o anulada. La obligación de este pacto continúa en toda su fuerza, en el tiempo y por la eternidad, sobre todo pecador que no sea liberado de él por Dios, que es la otra parte [del pacto].

La terrible consecuencia es que todo pecador no regenerado está obligado a realizar una obediencia perfecta, y también a soportar la plena ejecución de la sanción penal. La parte preceptiva de ese contrato divino continúa obligando, tanto por su autoridad original como por el consentimiento del hombre a él; cuyo consentimiento ya no es suyo para revocar, a menos que sea liberado de su obligación por la otra parte contratante. Y ahora que la maldición del pacto, como consecuencia de la transgresión, se ha vuelto absoluta, ata tan fuertemente como lo hace, incluso, el precepto.

La ley, entonces, como un pacto de obras, demanda de la manera más autorizada, de cada descendiente de Adán que está bajo ella, perfecta santidad de naturaleza, perfecta rectitud de vida y completa satisfacción por el pecado. Y ninguno de la raza del Adán caído puede jamás entrar al cielo a menos que responda estas tres demandas perfectamente en su propia persona, o acepte por fe la justicia consumada del segundo Adán, quien “es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4).

John Colquhoun (1748-1827) pastor de New Church en South Leith, Escocia

LA LEY EN LA MANO DE CRISTO, EL BENDITO MEDIADOR, COMO REGLA DE VIDA PARA TODOS LOS VERDADEROS CREYENTES.

Los preceptos de la ley como regla de vida para los verdaderos cristianos son los mismos que los de la ley como pacto de obras, y requieren la misma perfección de obediencia. Los Diez Mandamientos son los preceptos de la ley divina, tanto como pacto de obras para los no regenerados, como regla del deber para los santos. Pero si bien se otorgan a los creyentes con toda la autoridad soberana que originalmente les pertenecía, las obligaciones bajo las cuales se encuentran los creyentes para rendirles obediencia se incrementan grandemente por la gracia del Redentor y las misericordias de la redención.

Si los santos están obligados como criaturas, están aún más firmemente obligados como nuevas criaturas a guardar esos mandamientos. Si antes estaban bajo firme obligación de obedecerlos en su forma de pacto como los preceptos de Dios en Cristo, ahora están bajo obligaciones adicionales para rendirles obediencia como los mandamientos de Dios como su propio Dios y Padre en Cristo. 

¿Obliga la gracia mostrada en el primer pacto a todos los que están bajo ese pacto a realizar una obediencia perfecta? Las sobreabundantes riquezas de la gracia en el segundo pacto ponen a todos los que están instalados en él bajo lazos adicionales para dar perfecta obediencia. Si los pecadores bajo el pacto de obras están obligados a rendir perfecta obediencia de por vida; los creyentes dentro del vínculo del pacto de gracia están bajo obligaciones aún más altas de realizar una obediencia perfecta desde la vida, y para la gloria de Aquel que, al cumplir toda la justicia de la ley en su forma de pacto, ha merecido la vida eterna para ellos. 

La ley como regla, entonces, aplicada por toda la autoridad soberana de Dios, tanto como Creador como Redentor, requiere que los creyentes realicen no solo una obediencia sincera, sino una obediencia perfecta y perpetua. El gran Redentor da este alto mandato a todos Sus redimidos: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). En consecuencia, los verdaderos creyentes, en lugar de descansar satisfechos con la obediencia sincera a esa ley, consideran su falta de perfección absoluta en la obediencia como su pecado, y lo lamentan como tal…

La ley como regla de vida para los creyentes, especialmente desde este punto de vista, es muy diferente de la ley como pacto de obras. El precepto de la ley como pacto es “Haz y vive”, pero el mandato de la ley como regla es “vive y haz”; la ley de las obras dice: “Obra o serás condenado a muerte”, pero la ley en la mano de Cristo dice: “Estás librado de la condenación; por tanto, obra”. El mandato del primero es “Haz (obra) perfectamente para que tengas derecho a la vida eterna”, pero el del segundo es: “Ya has comenzado la posesión de la vida eterna, así como la promesa de la posesión completa de ella, por lo tanto, obra (haz) de tal manera que avances diariamente hacia la perfección”. Por el primero, se le ordena a un hombre que obre en su propia fuerza; pero por este último se requiere que obre en la fuerza que es en Cristo Jesús. El Señor Jesús le dice a cada creyente: “Mi gracia te basta; Mi fuerza se perfecciona en la debilidad; por lo tanto, obra”. Los mandamientos de la ley, ya sea como pacto tanto como regla, son materialmente, pero no formalmente, los mismos…

Pero, aunque la ley como regla de deber para con los creyentes no tiene sanción de recompensas y castigos judiciales, sin embargo, tiene una sanción de recompensas graciosas y castigos paternales. Una promesa de recompensas graciosas, o recompensas de gracia, a los creyentes en el camino de su obediencia se anexa a la ley en la mano de Cristo. Para disponerlos y animarlos a la obediencia, Dios les promete, en nombre de Cristo, recompensas graciosas, tales como la luz de su rostro lleno de gracia, la comunión sensible y cómoda con Él, la paz y el gozo en el Espíritu Santo, la seguridad de su interés personal en Cristo, libertad de los problemas mentales, esperanza en su muerte y grados de gloria en la eternidad, correspondientes probablemente al grado de su santa actividad en el tiempo (Salmo 19:11; 2 Corintios 1:12; 2 Timoteo 4: 7-8).

EL PELIGRO DE MEZCLAR EL LEGALISMO CON LA GRACIA

Un hombre debe ser considerado legalista o fariseo [que procura salvarse a sí mismo] si, aunque no pretenda que su obediencia sea perfecta, confía en ella para tener derecho a la vida [eterna]. En todas las épocas, los hombres fariseos han dejado de lado la condición del pacto de obras que Dios había impuesto a Adán, como imposible de cumplir por ellos, y han elaborado para sí mismos diversos modelos de ese pacto, que, aunque están lejos de ser instituciones de Dios y se sitúan en términos inferiores a la obediencia perfecta, son, sin embargo, de la naturaleza de un pacto de obras.

Los judíos incrédulos que buscaban la justicia por las obras de la Ley no eran tan ignorantes o presuntuosos como para pretender una obediencia perfecta. Tampoco aquellos profesos cristianos de Galacia, que deseaban estar bajo la Ley y ser justificados por ella, de los cuales el Apóstol testificó, por tanto, que habían caído de la gracia, presumían de poder rendir una obediencia perfecta.

Por el contrario, su profesión pública mostraba que tenían algún sentido de su necesidad de la justicia de Cristo, pero su gran error era éste: no creían que la justicia de Jesucristo fuera suficiente para darles derecho a la justificación de la vida. Y, por lo tanto, dependían para la justificación en parte de su propia obediencia a la ley moral y ceremonial. Era esto, y no sus pretensiones de obediencia perfecta, lo que el Apóstol tenía en mente cuando les reprochaba el que se aferraran a la ley de las obras y esperaran la justificación por las obras de la Ley.

Al confiar para la justificación en parte en sus propias obras de obediencia a las leyes morales y ceremoniales, ellos, como el apóstol les informó, estaban caídos de la gracia. Cristo había quedado sin efecto para ellos, y eran deudores de toda la ley. Como ven, los arroja a la conclusión lógica de su posición, aquella que no vieron en su unión de obras y gracia. Al depender para la justificación en parte de su obediencia imperfecta a la ley, enmarcaron la ley en un pacto de obras, y un pacto de obras tal que podía admitir una obediencia imperfecta en lugar de perfecta.

Y al basarse en parte en la justicia de Cristo, mezclaron la ley con el evangelio y las obras con la fe en el asunto de la justificación. Así, pervirtieron tanto la ley como el evangelio. Y formaron para sí mismos un abigarrado pacto de obras.

Traducido: Iglesia Bautista Reformada de Suba ©

http://www.the-highway.com/lawandgospel3_Colquhoun.html

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