¿PODEMOS APRENDER A ESTAR CONTENTOS?

J. R. Miller

Alguien ha dicho que si los hombres se salvaran por el contentamiento, en vez de por la fe en Cristo, la mayoría de la gente se perdería. Sin embargo, el contentamiento es posible. Hubo un hombre, por lo menos, que dijo, y lo dijo muy honestamente: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación». Sus palabras tienen un valor especial, también, cuando recordamos en qué circunstancias fueron escritas. Fueron escritas en una prisión, cuando el escritor llevaba una cadena. Es bastante fácil decir tales cosas en los días veraniegos de prosperidad; pero decirlas en medio de pruebas y adversidades, requiere una experiencia real de vida victoriosa.

Pero, ¿qué quiso decir Pablo cuando dijo: «Estoy contento»? La palabra original, nos dicen los eruditos, contiene un fino sentido … Significa autosuficiencia. Pablo, como hombre cristiano, tenía en sí mismo todo lo que necesitaba para darle tranquilidad y paz. Por lo tanto, no dependía de ninguna circunstancia externa. Dondequiera que fuera, había en sí mismo una competencia, una fuente de suministro, una autosuficiencia. Este es el verdadero secreto del contentamiento cristiano dondequiera que se encuentre. No podemos alejar de nuestras vidas la enfermedad, el dolor, la pena y la desgracia; sin embargo, como cristianos estamos destinados a vivir en cualquier experiencia en una paz ininterrumpida, en un dulce descanso del alma.

¿Cómo se puede obtener este contentamiento ininterrumpido? La descripción que hace Pablo de su propia vida, nos da una pista sobre la forma en que la alcanzó. Dice: «He aprendido a contentarme». No es un pequeño consuelo para nosotros, gente común, obtener esto de un hombre como él. Nos dice que incluso con él, no siempre fue así; que al principio probablemente se resintió en medio de las incomodidades, y tuvo que «aprender» a estar contento en la prueba. No le resultaba natural tener paz en el corazón en tiempos de lucha externa, como al resto de nosotros. Tampoco esta hermosa manera de vivir le llegó de inmediato como un don divino cuando se convirtió en cristiano. No se le ayudó milagrosamente a adquirir el contentamiento. No fue un poder especial que se le concedió como apóstol.

Nos dice claramente en su vejez, que lo ha «aprendido». Esto significa que no siempre fue capaz de decir: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación». Esto fue un logro de sus últimos años, y lo alcanzó por medio de la lucha y la disciplina, por medio del aprendizaje en la escuela de Cristo, tal como todos nosotros tenemos que aprenderlo si alguna vez lo hacemos, y como cualquiera de nosotros puede aprenderlo si lo desea.

Ciertamente, todo el que desee crecer en la belleza espiritual, debe tratar de aprender esta lección. La falta de contentamiento es una falta miserable.

…Entristece a Dios, porque surge de una falta de fe en él.

…Destruye la propia paz del corazón; las personas descontentas son siempre infelices. …Desfigura la belleza del carácter.

…Agria el temperamento, perturba la calma de la vida dulce y empaña la belleza del espíritu.

…Incluso actúa a través de la carne, y estropea la belleza del rostro más bello.

Para tener un rostro transfigurado, hay que tener el cielo en el corazón. En la medida en que se aprende la lección, los rasgos se iluminan con el resplandor de la paz interior. Además de todo esto, la falta de contentamiento arroja sombras sobre la vida de los demás. Una persona descontenta en una familia, a menudo hace que toda la casa sea miserable. Si no es por nuestro propio bien, al menos debemos aprender a estar contentos por el bien de nuestros amigos. No tenemos derecho a arrojar sombras sobre otras vidas.

Pero, ¿cómo podemos aprender a estar contentos?

Un paso hacia él es la sumisión paciente a los males y dificultades inevitables. Ninguna condición terrenal es perfecta. Ningún mortal en este mundo ha encontrado nunca un conjunto de circunstancias sin algún inconveniente. A veces está en nuestro poder eliminar el malestar. Muchas de nuestras dificultades son de nuestra propia cosecha. Muchas de ellas requerirían solo un poco de energía de nuestra parte para curarlas. Seguramente somos muy tontos si vivimos entre males y preocupaciones, día tras día, que podríamos cambiar por comodidades si quisiéramos. Por lo tanto, deberíamos eliminar todos los problemas removibles. Pero hay pruebas que no podemos cambiar por placeres, cargas que no podemos dejar, cruces que debemos seguir llevando, y «espinas en la carne» que deben permanecer con su aguijón. Cuando tenemos tales pruebas, ¿por qué no deberíamos aceptarlas dulcemente como parte del mejor trato de Dios para con nosotros? La falta de contentamiento:

…nunca hizo que un camino áspero fuera más suave,

…que una carga pesada fuera más ligera,

…que una copa amarga fuera menos amarga,

…que un camino oscuro fuera más brillante,

…que una pena fuera menos dolorosa.

Solo empeora las cosas. Quien acepta con paciencia lo que no puede cambiar, ha aprendido el secreto de la vida victoriosa.

Otra parte de la lección es que moderemos nuestros deseos. Pablo dice: «Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto» (1 Ti.6:8). Gran parte de nuestro descontento surge de la envidia de aquellos que parecen ser más favorecidos que nosotros. Muchas personas pierden la mayor parte de la comodidad de su propia condición, al codiciar las cosas más finas que tiene algún vecino. Sin embargo, si conocieran toda la historia de la vida que envidian por su mayor prosperidad, probablemente no cambiarían su propia vida humilde con sus circunstancias más hogareñas por esta. O si pudieran hacer el intercambio, no es probable que encontraran la mitad de la felicidad real en la otra posición, como la que habían disfrutado en la suya. La felicidad no habita tan a menudo en los palacios como en los hogares de los humildes. Las altas cumbres se elevan más alto y son más conspicuas, pero los vientos las azotan más ferozmente que a los tranquilos valles. Y ciertamente, la condición que Dios nos depara en la vida es siempre la mejor que se nos puede deparar por el momento. La causa de nuestro descontento no está en nuestras circunstancias; si así fuera, un cambio podría curarlo. Está en nosotros mismos; y, dondequiera que vayamos, lo llevaremos con nosotros.

Los deseos envidiosos por los lugares de otras personas que parecen más finos que el nuestro, nos impiden obtener la mejor bendición y el bien de los nuestros. Tratando de agarrar las cosas que están más allá de nuestro alcance, dejamos sin ver, sin apreciar, sin tocar y sin despreciar, los muchos pedazos dulces de felicidad que yacen cerca de nosotros. Alguien dice:

«Extendiendo la mano para atrapar las estrellas,

el hombre se olvida de las flores a sus pies,

tan hermosas, tan fragantes, tan multitudinarias y tan variadas».

Un buen secreto de la satisfacción radica en encontrar y extraer todo el placer que podamos obtener de las cosas que tenemos, mientras no entramos en una loca y vana persecución de sueños imposibles. En cualquier estado en que nos encontremos, podemos encontrar en él lo suficiente para nuestra necesidad.

Si queremos aprender la lección del contentamiento, debemos entrenarnos para vivir por las cosas superiores. Uno de los antiguos sabios, al enterarse de que una tormenta había destruido sus barcos mercantes, devastando así toda su fortuna, dijo: «Menos mal, porque ahora puedo dedicar mi mente más plenamente al estudio». Tenía otras fuentes de diversión más elevadas que sus mercancías, y no sintió la pérdida de sus barcos más de lo que la humanidad siente la pérdida de los juguetes de la infancia. No era más que un filósofo pagano; nosotros somos cristianos. Él solo tenía sus estudios para ocupar su pensamiento cuando su propiedad se había ido; y nosotros tenemos todas las cosas benditas del amor de Dios. Ninguna desgracia terrenal puede tocar la riqueza que un cristiano tiene en las promesas y esperanzas divinas.

Por lo tanto, solo en la medida en que aprendamos a vivir para las realidades espirituales y eternas, encontraremos satisfacción en medio de las pruebas y pérdidas terrenales. Si vivimos para agradar a Dios, para edificar un carácter semejante al de Cristo en nosotros mismos, y para acumular tesoros en el cielo, no dependeremos para ser felices de la forma en que nos vayan las cosas aquí en la tierra, ni de la medida de los bienes temporales que tengamos. Los deseos inferiores son desplazados por los superiores. Podemos prescindir de los juguetes de la infancia cuando tenemos las mejores posesiones de la edad adulta; necesitamos menos este mundo a medida que tenemos más de Dios y del cielo en nuestros corazones.

Este era el secreto del contentamiento del viejo prisionero cuya palabra inmortal es tan digna de consideración. Estaba contento en cualquier prueba, porque la tierra significaba muy poco y Cristo significaba mucho para él. No necesitaba las cosas que no tenía; no se empobrecía por las cosas que había perdido; no se sentía molesto por los sufrimientos que tenía que soportar, porque las fuentes de su vida estaban en el cielo, y no podían ser tocadas por experiencias terrenales de dolor o pérdida.

Estos son indicios de la forma en que podemos aprender a estar contentos en cualquier estado en que nos encontremos. Sin duda, la lección merece la pena ser aprendida. Un año de dulce contentamiento, en medio de las escenas problemáticas de la tierra, es mejor que toda una vida abatida e inquieta de descontento. La lección puede ser aprendida, también, por cualquiera que sea verdaderamente discípulo de Cristo, pues ¿no dijo el Maestro: «La paz os dejo, mi paz os doy»?

El artista pintó la vida como un mar oscuro, barrido por la tormenta y lleno de naufragios. Luego, sobre las salvajes olas del mar, hizo surgir una roca, en cuya hendidura, en lo alto, entre hierbas y flores, pintó una paloma sentada tranquilamente en su nido. Es una imagen de la paz cristiana en medio de las luchas y tormentas de este mundo. En la hendidura de la roca está el hogar de la alegría.

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